La hermana del hermanito estaba en tercero de media. Le habían pedido una lupa para un experimento en el colegio. Al padre de mi hermana no le gustaba comprar cosas malas, había aprendido bien del abuelo que no era su padre. Pensando en no comprar uno de esos objetos "Usar y Botar" compró una lupa de verdad, científica, inmensa, con un cristal real que costaba más que la mitad de un sueldo de aquella vez.
El padre de mi hermana compró la lupa para que su hija termine ese experimento del colegio. Aunque luego de eso podía hacer lo que él quisiera con la lupa, daba por hecho que esta sería olvidada por su hija.
Volvió su hija una tarde y le devolvió la lupa: "Esta lupa es muy grande para el experimento". Así tuvo que comprar al final otra lupa "Usar y botar" para el tan educativo experimento.
Después estaba contento, tenía una lupa real en casa, tener lo que nunca tuvo a costa de sus hijos.
En la televisión, el hermanito de mi hermana había visto en los dibujos del canal 5, que con una lupa se podía hacer fuego. Él no creía que fuera cierto hasta el día que comprobó que las hormigas pueden ser aniquiladas con una lupa, que para una hormiga debe resultar un arma mortal.
Nadie se había percatado de que el niño de siete años estaba experimentando algo que casi todos han hecho con una lupa. Pero a diferencia de él, muchos no quemamos hormigas y respetamos su vida por insignificante que esta parezca.
El padre de mi hermana le encontró quemando hormigas en el jardín de atrás. Era una tarde calurosa, de sol intenso cuando salía la loca Rita a dar sus insultos celestiales
Emocionado el hombre le preguntó: ¿qué haces, hijo?
– ¡Mira! De verdad se pueden quemar las hormigas con una lupa.
–Claro.
Respondía él como si alguna vez hubiera quemado una con una lupa.
–Mira también quema la ropa.
El pantalón del colegio había quedado con pequeños agujeros de bordes cenizos, lo más notorio era que también el hermanito de mi hermana se había quemado las piernas.
Pero su padre le dijo nada, solo se reía emocionado de ver cómo su hijo era tan curioso.
–Vienes cuando te diga, para almorzar- le dijo su padre.
La madre de mi hermana estaba sirviendo la comida. Lola lavaba la ropa en vez de cuidar al hijo de mi madre.
–Ya, pa, voy a estar acá.
A los pocos segundos terminó llamándolo su madre para comer todos juntos, como no lo hacían siempre, casi nunca.
**
Semanas después, una llamada real había sorprendido a los bomberos, a la policía y algunas ambulancias de alguna clínica que quiere sacar su parte. Una mujer llamada Lola había alertado a todos, que la casa se quemaba, que había un niño de siete años con ella, que se apuren, que el piso es de parquet, ahí están sobre él, los sillones y las cortinas. ¡Todos inflamables!
Los vidrios reventaron.
Se oían sonidos extraños, crujientes.
Los padres de mi hermana llegaron en pocos minutos. Asustados de enterarse que habían llegado tarde y que el hijito suyo ese había sufrido algún daño. Lo primero que Lola había hecho era salir a pedir ayuda, antes que salvarlo, en su desesperación tomó decisiones equivocadas. Los padres de mi hermana, inluso, parecían no preocuparse por alguna buena o mala razón. Lo que le Lola dijo a las autoridades era para alarmarlos más, sino no hubieran venido rápido. Tiene que haber escándalo y gentes que rosan la línea de la vida.
Al final se quemó toda la sala, pero no fue problema para los bomberos, que aún en esos tiempos, aperaban un camión de bomberos del año 1935. Aquella reliquia para muchos otros países, aún funciona y cumple función.
El hijo de mis padres estaba bien. Lola también pero adolorida de mente.
Solo no quedaron cortinas, ni un pedazo muy grande de parquet. El sillón era un esquelético ser de fierros hecho ceniza.
Se podían ver –según los policías- que el incendio había sido iniciado. Indicios y pequeños detalles que hacían que surja una investigación. Había un culpable de todo.
Lola era buena persona, nunca había hecho nada que dañara al hijo de mi madre o a su marido y su hija.
Sin embargo, la policía le esposó las muñecas y se la estaba llevando presa por ser sospechosa de iniciar un incendio. Y de claro, de sur culpable del casi asesinato de un niño de siete años.
No fue hasta la comisaría que un niño de siete años con las piernas quemadas y una lupa científica en la mano, confesó que había estado matando hormigas en la sala. Las hormigas se filtraban por la mampara hasta la sala y seguía por ahí una línea discreta hasta la cocina. Increíblemente nadie lo sabía excepto el único hijo de mis padres.
-Yo estaba matando hormigas... pero el piso se quemaba con ellas... también subieron al mueble... y las cortinas... -pero el único hijo de mis padres solía ser un niño distraído, algo que no cambió mucho hasta el día que murió.
Pues el niño se había olvidado de que iba a la cocina a por una jarra que apagará el sillón prendido.
Pero en la cocina habían muchas más razones que le hicieran olvidar del fuego.
Una de esas razones, filudas y con mango, lo llevó ala azotea. La azotea era su fortín, el abuelo le había dado permiso para vivir su infancia ahí. Además, el abuelo no estaba tan vivo.
En la azotea estuvo hasta que vio como llegaban un camión de los bomberos y las camionetas de la policía, y se preguntaba: "qué habrá pasado, ¿un incendio?"
Échanos la Culpa
lanzando, tecleando
lunes, 15 de agosto de 2011
La lupa
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no jodan con ilustrar,
nórmal niños
domingo, 27 de marzo de 2011
La resaca de las brujas
Al siguiente día estaba muerto. Parecía que las brujas habían tomado la ciudad realmente. La terrorífica noche de Halloween se había vuelto realidad para muchos otros además de Gonzalo.
Después de levantarse, sintiéndose un muerto animado, sonaba el celular en alguna parte. El aparato aparece entre las sábanas, y Gonzalo logra contestar una inesperada llamada de San Antonio.
– ¿Alo?
– ¡Gonzalo!
– Sí, ¿quién es? –dijo con la voz ronca.
–El chino ha muerto –anunció una voz, como un baldazo de agua fría.
– ¡Qué! ¡quién!
– Roberto Ku.
–¡Puta madre! No jodas, pero cómo, ¡qué pasó!
– En el bar del torero. Dicen que estaban jugando a la ruleta rusa. El chino perdió.
– Pero cómo así… aló, !aló! –gritaba Gonzalo, con las manos sudorosas.
La llamada se perdió por los problemas constantes de conectividad que las compañías de telefonía celular no reparaban. Gonzalo tenía la corazonada de que no se traba de ninguna broma pesada. Roberto Ku estaba muerto, eso lo sabía con ceteza.
Se había pegado un tiro con el Reichsrevolver calibre 10 de Ignacio Prado, un aficionado a los toros, dueño de El Bar del Torero, la taberna donde se jugaron la vida en un derroche estúpido de valentía, alcohol y cocaína.
Esa tarde fría de octubre parecía haberse venido en contra de Gonzalo. Había borrado casi instantáneamente de sus pensamientos a Gabriela y lo ocurrido en la madrugada. No podía creer que el chino Roberto había dejado de existir de un momento a otro y sinrazón. Más le aterraba pensar que podría haber sido él en otras circunstancias, quien recibiera aquel balazo mal afortunado.
“Siempre he creído que los valientes son tontos, que arriesgan todo por un galardón que prende en el uniforme del ego y que a la larga a nadie le importa. ¿Qué han ganado haciendo eso? A caso no entienden que la vida es lo único que se tiene. Ninguna ley o especie de justicia podrá resarcir el daño. Es cierto cuando la gente dice que hay que valorar la existencia. Pudo haber sido mi sepelio, mi cabeza. Mi existir, aunque falto de alegría y felicidad, eso qué importa.”
Gonzalo no abrió la boca en todo lo que quedó de la tarde, nunca pudo terminar aquel párrafo triste que escribía. Salió de su habitación desencajado. Caminó pensativo a la cocina a tomar un vaso de agua tibia. No podía seguir escribiendo más, en cualquier momento su mente colapsaría. Mientras daba sorbos cortos y apenados, pensaba en la tan desdichada suerte de Roberto Ku. A cada sorbo, su cerebro maquinaba ideas, preguntas, teorías de cómo había sucedido realmente la muerte de Ku.
Trescientos veinte kilómetros, entre curvas, nevados y contaminación, lo separaban del lugar de los hechos. Huancayo tenía la verdad de la historia, pero él estaba atado a Lima por las responsabilidades y funciones que cumplir. Al siguiente sorbo, una posible teoría se le asomó a la cabeza. Dejó el vaso a medias, volvió a la computadora y cerró el texto que redactaba para preguntar –vía Messenger- si alguien tenía más información de lo ocurrido.
–Hola, cómo estás? –se leía en letras verdes, un mensaje de Gabriela.
–Mal, me acabo de enterar que ha muerto un amigo.
–Ah ya –dijo ella, tajantemente.
De pronto a Gonzalo no le interesaba que ella tuviera esa actitud por esa respuesta desabrida. Aunque esperaba alguna palabra que lo reconfortase. Pero eso ya no importaba en ese momento.
“Tal vez no se ha matado” –pensó en voz muy baja, sin querer decir, de esa forma, que uno de los tres que estuvieron la noche del 31 de octubre en el Bar del Torero, fuera más que un testigo, sino el asesino de un crimen disfrazado de suicidio.
Al rato habían varias ventanas que titilaban de anaranjado, personas teniendo algo que decir sobre la muerte de Roberto Ku. En especial, importaba la versión de los hechos de Claudio Brañes, un flaco narizón que había trabajado seis meses de mozo en el bar de ‘el torero’ Ignacio Prado. Su ventana era la segunda en titilar.
Gonzalo abrió la ventana desesperado.
Después de levantarse, sintiéndose un muerto animado, sonaba el celular en alguna parte. El aparato aparece entre las sábanas, y Gonzalo logra contestar una inesperada llamada de San Antonio.
– ¿Alo?
– ¡Gonzalo!
– Sí, ¿quién es? –dijo con la voz ronca.
–El chino ha muerto –anunció una voz, como un baldazo de agua fría.
– ¡Qué! ¡quién!
– Roberto Ku.
–¡Puta madre! No jodas, pero cómo, ¡qué pasó!
– En el bar del torero. Dicen que estaban jugando a la ruleta rusa. El chino perdió.
– Pero cómo así… aló, !aló! –gritaba Gonzalo, con las manos sudorosas.
La llamada se perdió por los problemas constantes de conectividad que las compañías de telefonía celular no reparaban. Gonzalo tenía la corazonada de que no se traba de ninguna broma pesada. Roberto Ku estaba muerto, eso lo sabía con ceteza.
Se había pegado un tiro con el Reichsrevolver calibre 10 de Ignacio Prado, un aficionado a los toros, dueño de El Bar del Torero, la taberna donde se jugaron la vida en un derroche estúpido de valentía, alcohol y cocaína.
Esa tarde fría de octubre parecía haberse venido en contra de Gonzalo. Había borrado casi instantáneamente de sus pensamientos a Gabriela y lo ocurrido en la madrugada. No podía creer que el chino Roberto había dejado de existir de un momento a otro y sinrazón. Más le aterraba pensar que podría haber sido él en otras circunstancias, quien recibiera aquel balazo mal afortunado.
“Siempre he creído que los valientes son tontos, que arriesgan todo por un galardón que prende en el uniforme del ego y que a la larga a nadie le importa. ¿Qué han ganado haciendo eso? A caso no entienden que la vida es lo único que se tiene. Ninguna ley o especie de justicia podrá resarcir el daño. Es cierto cuando la gente dice que hay que valorar la existencia. Pudo haber sido mi sepelio, mi cabeza. Mi existir, aunque falto de alegría y felicidad, eso qué importa.”
Gonzalo no abrió la boca en todo lo que quedó de la tarde, nunca pudo terminar aquel párrafo triste que escribía. Salió de su habitación desencajado. Caminó pensativo a la cocina a tomar un vaso de agua tibia. No podía seguir escribiendo más, en cualquier momento su mente colapsaría. Mientras daba sorbos cortos y apenados, pensaba en la tan desdichada suerte de Roberto Ku. A cada sorbo, su cerebro maquinaba ideas, preguntas, teorías de cómo había sucedido realmente la muerte de Ku.
Trescientos veinte kilómetros, entre curvas, nevados y contaminación, lo separaban del lugar de los hechos. Huancayo tenía la verdad de la historia, pero él estaba atado a Lima por las responsabilidades y funciones que cumplir. Al siguiente sorbo, una posible teoría se le asomó a la cabeza. Dejó el vaso a medias, volvió a la computadora y cerró el texto que redactaba para preguntar –vía Messenger- si alguien tenía más información de lo ocurrido.
–Hola, cómo estás? –se leía en letras verdes, un mensaje de Gabriela.
–Mal, me acabo de enterar que ha muerto un amigo.
–Ah ya –dijo ella, tajantemente.
De pronto a Gonzalo no le interesaba que ella tuviera esa actitud por esa respuesta desabrida. Aunque esperaba alguna palabra que lo reconfortase. Pero eso ya no importaba en ese momento.
“Tal vez no se ha matado” –pensó en voz muy baja, sin querer decir, de esa forma, que uno de los tres que estuvieron la noche del 31 de octubre en el Bar del Torero, fuera más que un testigo, sino el asesino de un crimen disfrazado de suicidio.
Al rato habían varias ventanas que titilaban de anaranjado, personas teniendo algo que decir sobre la muerte de Roberto Ku. En especial, importaba la versión de los hechos de Claudio Brañes, un flaco narizón que había trabajado seis meses de mozo en el bar de ‘el torero’ Ignacio Prado. Su ventana era la segunda en titilar.
Gonzalo abrió la ventana desesperado.
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