El chofer y el gordo

Aquel no fue un día cualquiera. No. Raramente el sol iluminaba a Lima, le daba vida a ese paño de nubes plomizo al que uno está acostumbrado, había más pistas que arreglar, más infractores de tránsito, una congresista desaforada por robar luz eléctrica y dos amigos rumbo a un cine de acción (sexual).

El chofer, como le dicen varios –sino todos sus amigos, porque, como tiene carro, lleva a todos a todo sitio, siempre pidiendo colaboración para su gasolina, tenía que llegar a golpe de tres y media a la cuadra dos de la avenida Marzano, pero llegó tarde como siempre. El gordo lo estaba esperando ahí como media hora (o más), lo bueno del gordo Ricardo es que es paciente, un poco tímido o sumiso, como si guardara algo que no quiere decir, o supiera algo que no puede guardar. Estoy como huevón esperándote hace rato, oye –dijo, mientras subía al auto azul del 87 que El chofer se compró el año pasado. Hablando de alguna cosa sin importancia, como siempre, emprendieron el camino hacia la travesía de encontrar un cine porno de la avenida La colmena, uno que, les recomendaron, es bueno. Según la abuela del chofer, ese cine está abierto hace un poco más de 50 años, pero no era un cine porno entonces, era un cine de gala, donde no cualquiera podía entrar. Dicen que se tenía que ir bien vestido –de etiqueta-. Hasta podría ser patrimonio del centro histórico de Lima.

Llegaron agobiados por la escasez de playas de estacionamiento, mejor dicho, por la falta de espacio en ellas, porque en el centro de Lima abundan este tipo de lugares. Dejaron el auto en una playa del jirón Puno por el Jirón de la unión, aunque el tipo que cuidaba los carros no se veía tan confiable, era la única que albergaba un sitiecito para el viejo carro. Caminaron cuatro o cinco largas cuadras para llegar al Paris de La colmena, largas porque el chofer se agita rápido, y eso que es flaco, pero como fuma mucho se cansa. Ricardo tiene que esperarlo y caminar más lento.

-Aguanta gordo, se me sale el pulmón, camina más lento, pues.
-Hemos caminado dos cuadras, huevón, no jodas.
-Ya, ahorita voy.
-Pero bota el pucho pues, oye.
-No ni hablar gordo, «tas» huevón.

Arribaron a la puerta a flemáticos pasos. El chofer, apoyado, descansando en un poste de luz, fumaba su tercer Marlboro rojo, el aire despeinaba sus escasos rulos mal peinados, y cuando miraba la puerta de vidrio del cine, el sol hacía brillar una barbita párvula, insignificante, que en su rostro solo es un desdén. El cine, con un letrero grandazo invitaba: “Cine Paris, 4 súper estrenos en funciones continuadas”. Con unas risas nervudas y timidez elocuente, entraron al hall del cine. Adentro, detrás de la ventanilla de boletos, no estaba un tipo de aspecto vagabundo, maloliente, con un mondadientes en la boca, calvo y de bigote mal afeitado, como ellos suponían. No, no fue eso lo que encontraron, fue más bien un viejecita de unos 70 años, un saquito negro, aretes redondos blancos, una blusita de flores color hueso y tallos verde opaco, el cabello cano, unos ojos idos, frívolos y profundamente azules y tez blanca. Pero se hacía más distinguida por su perfume, cualquiera que vaya nunca olvida esa fragancia, de seguro, no era un “Carolina Herrera” o algunos de esos perfumes raros de esta época, pero era quizá uno que ella había empezado a usar después de la muerte de su esposo Rogelio, y que nunca pudo usarlo cuando él vivía, y que él se lo dio para ocasiones especiales. Al pobre viejito lo tumbó un paro cardiaco en plena plaza San Martín, era medio día, nadie lo ayudó, y por como iban las cosas aquella vez, felizmente no asaltaron al cadáver. Pero la Lucía, la negra, de los caramelitos y los cigarros de la esquina, dice que murió por el golpe en la cabeza que se zampó, más que por el paro. «Toíta su caeza etaa ensanrentaa», cuenta la negra, con los ojos salidos por el ademán de contar emocionada.

Los dos pasmarotes, siguen mirando a la vieja Federica que está detrás de la ventanilla, decidiéndose. A la derecha, un tipo serio, no muy alto, con marcas de acné en la cara y polo negro desteñido, hacía de guachimán del sitio, estaba sentado en una silla desplegable, perforando los boletos a los parroquianos. La gente pasa y mira el cine con cierta complicidad pero con vergüenza fingida. El gordo y el chofer en un lapso de moral, tuvieron vergüenza de pagar por los boletos y entrar a la sala, pero tenían que hacerlo, tenían que hacer un reportaje de investigación que en la universidad les habían encomendado, muy importante era. Y lo hicieron, entraron. Primero el chofer, que pagaría la entradas, y después el gordo Ricardo. Llegaron a la puerta de la sala después de que el guachimán, como a todos los insistentes, digo, asistentes, les marcara el boleto de ingreso. Si sales ya no te vale, es de entrada no más, el que sale paga de nuevo los 4 soles que cuestan las 4 funciones.

Alberto, el chofer, mira con algo de despectivísimo el lugar, pasa por el baño que solo es de hombres y abre la puerta de la sala 1 (que por cierto, es la única en funcionamiento dentro de ese cine). Lo primero que ve es una gran felación en una gran pantalla, un gran culo y un gran falo en plena transacción corporal. Mientras buscan butaca, Ricardo, por sus bochornosas gesticulaciones faciales, parece incomodo, como si no quisiera tener nada que ver con el asunto o como si no fuera aquello lo que esperaba ver. Los gemidos de una morena incandescente, causados por una especie de “Indiana Jones” porno, retumbaban las paredes de la sala. Únicamente se alcanzaban ver la pantalla y las luces rojas en los bordes de las escaleras laterales. Subieron al segundo nivel para divisar mejor la cosa. Avizoraron unos sitios vacíos en la penúltima fila. Sino que antes se chocaran con varios otros, que pájaro en mano les decían con voz ronca y agitada: ocupado. No podían ver a la gente que estaba. Se sentaron, y casi al instante, se escucharon unos cuchicheos de las butacas de atrás. A los de atrás, una fila llena de obreros con alto nivel de testosterona, Ricardo les escuchó: estos, seguro, son maricas, de a dos vienen. El gordo se irritó pero no le dijo nada a Alberto, quien miraba de izquierda a derecha, de arriba abajo, pero solo veía la pantalla y unas sombras de cabezas al frente casi invisibles, sino borrosas. En lo que se acostumbraban los ojos a la lúgubre sala, el operador cambió el video de porrazo; los silbidos, quejas y mentadas de madre no llegaron tarde, se oyó la voz de un viejo y la de otros.

-Está bien ese video, oye –dijo el viejo.
-Pura manuela, pedófilo –gritó una voz de adelante.
-Mi plata carajo, decía un chiquillo, efebo.
-Calla, mocoso de mierda…En coro gritaron los obreros de la fila de atrás riéndose.


Cuando todos terminaron de quejarse, y el video estaba apunto de correr, en un momento de silencio absoluto, donde ya el chofer y el gordo podían ver con detalles casi todo porque las pupilas ya estaban dilatadas, se escucharon los ronquidos de un viejo calvo que estaba adelante. Y qué ronquidos. Es el viejo Hermes, su refugio es el cine porno desde que sus hijos crecieron y se fueron de casa para hacer sus vidas. Por eso prefiere dormir la siesta en la butaca del cine Paris, más tranquila y acogedora, que podrirse en un asilo y envejecer más rápidamente. A veces, los que vienen lo molestan o hacen mucha bulla. Por eso el viejo se ha comprado unos tapones para que duerma bien. Luego, se oyeron nuevamente los silbidos ansiosos de la muchedumbre hambrienta (de más sexo) hasta que, por los parlantes mal calibrados que del techo prendían, sonaba esa clásica música de las películas porno: una especie de jazz caribeño. Al acto, sale un par de latinos calientes, y cuando la leña comienza a arder al rojo vivo, ya no se oyen cuchicheos, ya nadie silva, ya nadie se queja. Solo los ronquidos de Hermes, pero qué importa, ya ni se escuchan mucho, dicen los de atrás. Todo se había vuelto, en medio de gemidos y choques de piel –y el ronquidito del viejo- en paz y tranquilidad.

Entonces, de las butacas mal aceitadas salen sonidos, crujientes sonidos, unas respiraciones bien agitadas, cierres de pantalones que suben y bajan. Alberto mira a la derecha constantemente porque un ruido, muy parecido al que se produce cuando la piel choca, lo distrae. Al concentrar la vista, al centro en una butaca dos filas abajo, distingue a un tipo de unos cuarenta y picos, corte militar y bigote como el de Charly García, sin vergüenza, con el pantalón abajo, la situación en la mano y una masturbación que florecía a vista de todos. También se llama Charly pero apellida Pacheco. Carlos Pacheco. Es un tipo que cuando lo ven en la calle está con su terno, su maletín, su bigote, hasta parece normal. Nunca tuvo hijos ni esposa. Trabaja en un colegio del Rímac, es psicólogo y psiquiatra. Alguna vez, hace veinte años, fue un hombre de éxito. Era un conferencista de rose mundial. Hablaba de las contradicciones entre las escuelas de la psicología, aunque su especialidad era el desarrollo sexual humano del psicoanálisis del ilustre Sigmund Freud. Era toda una eminencia, el hombre. Pero mientras más se sumergía en el mundo de la mente, la suya iba yéndose y cayendo en decadencia. De tanto romperse el coco, queriendo ir más allá de lo que Freud había llegado, terminó invirtiendo procesos cruzando conceptos, y el tema del desarrollo de la sexualidad humana en el psicoanálisis se le fue volviendo una obsesión, al punto de llegar a pensar que la etapa genital, de satisfacción sexual interactiva, no era la última; sino que el ser humano tenía otra etapa más, una en la que la parte erógena es la parte visual del cerebro, lóbulo occipital derecho. O sea, en pocas palabras: nada de sexo y pura paja mental. Voyeurismo sin control. Por eso dedicaba casi todo su tiempo a ver películas porno. Luego, dejó de pensar en tal descabellada teoría y se volvió un enfermo sexual (mental) simplemente. Prefiere la pornografía al sexo real. Cuando está trabajando, de vez en cuando, sin que nadie lo vea, mira unas fotos para sosegar sus ansias hasta la hora de la libertad absoluta, la hora de ir al cine Paris.

Alberto se pregunta como es que alguien puede no tener vergüenza de hacer lo que Charly hacía. Quiere reírse y se tapa la boca con la mano derecha. Codea al gordo, que sin emoción, ido de sí, ve como va terminando el video. Charly también está terminando, rápido es.
Vuelve a codearlo.
Nada.
Lo codea con malicia.

-Qué tienes, carajo…
-Oye, gordo, mira a ese tío de abajo –suelta unas risas palanganas.
-Mejor vámonos, oye.
-Vámonos… cágate de risa no más, oye. Están buenas las flaquitas.

Cuando el filme esta terminando, ya no rechinan las butacas, ya nadie se agita. Charly también está acabado, y muy elegantemente se sube el pantalón. De fondo se oyen los ronquidos entrecortados de Hermes, que yace como un roble enraizado.
Otra vez las pifiadas y angustiosas quejas van a tomando por asalto la sala de cine.
Paralelamente empieza otro video. Todos callan. Salen, en primer plano, los senos de una rubia angurrienta que luego pasa, sensualmente, la punta de su lengua por sus labios rojos encendidos.

-¡Uy!, mira a esa flaquita, gordo…
-¿Qué tiene?
-Qué tiene… Qué no tiene, huevón…

Se detuvo todo otra vez y sale un video más antiguo que el mismo cine Paris.

-Cambia esa huevada, oye,
-Cambia, oye, baboso,
-Estaba bien la otra…

El operador, algún problema tenía. No era de ese día no más, era de toda la semana o talvez más. Lo tenía preocupado, decepcionado, el encierro de su hijo. A Nelson lo detuvo la policía por posesión de drogas. La plata no alcanza, y en el Perú, las gentes suelen tener algún tipo de ingreso extra para parar la olla, cosa más difícil de hacer con el pasar del tiempo. Nelson se había convertido en un simple «dealer». Vendía marihuana tipo Skunk (Scan) y PBC (pasta básica de cocaína), “barato no más”. Le dijo a su padre que había conseguido una chamba en una ferretería en Surquillo, por la avenida Angamos. Que le pagaban menos de lo básico, pero que con eso podía pagarse la universidad, que era una no muy cara. Entonces, poco a poco y sin razón, fueron llegando objetos a la casa. Un televisor nuevo, una lavadora, ropa para él y su padre. Al principio el operador no le tomó importancia –como todos los padres- pero cuando de un momento a otro llegó con la noticia de que se independizaba parcialmente de su padre; o sea que ya le pediría más dinero, todo ya estaba mal o iba a empezar a estarlo.

Alguna vez lo siguió a su trabajo y diose cuenta que el muchacho se bajaba en Angamos pero que luego tomaba otro carro y se dirigía hacia otro lugar. Escondido estaba, el pobre operador mirando a qué carro subía Nelson. Subieron al mismo bus: uno por adelante y el otro por atrás. Lo siguió de cerca. Bajó en la calle Dante, luego caminó unas siete cuadras hacía el corazón de Surquillo. Nelson se detiene en una quinta con portón de madera prensada, pared de yeso despintada (y pintada a la vez por el arte urbano), una ventanita destartalada, cuadrada, con un vidrio roto por donde se puede ver hasta el fondo. Toca el timbre pegado con cinta aislante dos veces. De la quinta, sale un viejo flaco y decrépito; lentes cuadrados antiguos y una guitarra en la mano. Pasa, pasa –le dice y le da unas palmaditas en la espalda.

El operador esta viendo todo detrás de un puesto de periódicos. Los padres saben cuando los hijos están desviando sus caminos, cuando están tomando decisiones erróneas. Pero siempre queda esa última esperanza –al final de todo- de que se han equivocado, de que han creído mal. Pero siempre, como toda esperanza, se desvanece mientras la verdad va tomando forma y color. Pasó más de una hora y media para que salga Nelson. Muy cambiado él, con otra ropa, otra forma de caminar, de ver la calle; ese que había salido no era su hijo. Pero si lo era. Caminó unas cuadras hasta Ricardo Palma con la Vía expresa. Ahí, cerca del mercado de Surquillo, lo esperan un par de chicos, blancos, castaños, seguro con un poco de plata, y angustiosa adicción. El operador muy disimulado, va detrás. Solamente, lo que hace es ver como su hijo consuma la transacción ilegal narcótica. Una mano da un “paco”, la otra recibe la plata y… chao no sé quién eres, si te veo no te conocí. El operador tiene los ojos achacosos llenos de lágrimas, esas lágrimas que solo salen cuando los hijos decepcionan a los padres. Esas, no son tan saladas; son amargas, más viscosas, de un brillo opacado, de un color avergonzado, y pesan más que los propios ojos, más que el mismo dolor.

El regreso es pensativo, pausado. Tiene que volver rápido, la vieja Federica le ha dado un par de horas para que vuelva al Paris. Qué podía hacer. ¿Qué es lo que hace un buen padre en una situación así? Se calla o lo delata. ¿Acaso el operador era un buen padre? Qué es lo mejor, cómo es que hacen los padres, cómo lo ayudan más. Qué tenía que hacer el operador. Está poniendo las películas, pero no puede concentrarse. ¿A caso alguien podría? Solo se estuvo atormentado, cada día, cada hora, con el temor de que puedan haberlo matado o agarrado la policía. Tal tensión, tal desesperación, lo dejaba con la soga al cuello. Pero el operador, hizo lo que un buen padre debe hacer. Lo pensó varios días. Y un jueves, temprano, fue a la comisaría de Surquillo, se paró en la puerta, dio un par de vueltas y entro a delatar, con la mejor intención, a Nelson. Bastó una llamada para que lo agarraran. Así de simple.

El operador dejó correr el próximo video.

Ricardo, el gordo, desde que entraron a la sala de cine, no había dicho mucho, no había opinado nada, era un muerto. Ese día fue raro, muy raro. ¿Ya dije eso? El gordo quería irse a mitad de la faena y claro, Alberto estaba entretenido, uy, decía cada vez que cambiaban de pose, cada cosa que hacían le causaba impresión. Charlataneaba, cada cinco segundos, sobre las nalgas y el busto de cada “dama”. Al gordo, talvez, no le gustaban las películas de ese calibre. En definitiva, se sintió mortificado o peor. Lo que el chofer no se había dado cuenta en todo el tiempo que lo conocía, quizá por su egocentrismo y porque siempre él es el que habla –el que opina, el de monologo insaciable-, que el gordo casi nunca hablaba de mujeres. Que nunca lo hizo.

Mientras corrían los créditos del filme, la gente había empezado de nuevo el disturbio. Otra vez las voces y el infaltable ronquido del viejo de adelante, quien yació como un roble en las cuatro funciones ¿ya dije eso también? Desde luego, el operador, rápidamente, colocó el siguiente video de la noche. Aparecían algunas calles de Nápoles, una toma casi al detalle del arte Romano, el director, el casting y, después, una orgía de italianos. De todas las películas que habían visto, esa era la menos simplona. Luego de tanto video sin razón, pusieron algo que tenía una trama, algo que no solo mostraba dos o tres o cuatro personas fornicando, sino que algo pasaba; tampoco era el mejor guión de la historia cinematográfica, pero al menos tenía uno.

Las historias sexuales italianas (refiriéndose a la pornografía, porque es distinto hablar de lo erótico) casi siempre están ligadas a los capos de la mafia, a la ilegalidad. Esta no era la excepción. Era un tal Giácomo, supuesto capo de la mafia que está yendo a unas sesiones con una psicóloga que lo volvía loco. Como es de suponer, este capo de la mafia tiene mucha gente que cuida de su vida. Tiene unos guarda-espaldas, una suerte de simios que no solo le cuidan el pellejo sino también a su mujer. Y qué bien la cuidan. Los dos más fornidos guarda-espaldas están al asecho de la mujer de su jefe. El primero es alto, con una barba de candado, la toma por la cintura, le lame el cuello, penetra con su mano dentro de ella. La va desnudando, entre lo que entra el otro gorila que al instante empieza a recibir, gratamente, una felación de la mujer que está apoyada de manos en la mesa, con la espalda agachada, bordeando los noventa grados. Entonces ambos están irrumpiendo dentro de ella, la toman frenéticamente y la segregación de unos líquidos, resultado de lo más placentero, le moja afablemente parte del pubis; todo es una eufórica, placentera anarquía sexual. Giácomo está atrás mirando todo.

Charly ya estaba otra vez con el pantalón abajo, forjándose –como lo dijo alguna vez Facundo Cabral- en una declaración silvestre de independencia.
Hermes se despertó por unos segundos para acomodarse bien en la butaca que es incómoda para poder darse la siesta, estornudó dos veces, se sorbió el moco por la nariz y continuó con lo que siempre viene a hacer.
Luego, resultó que la psicóloga, al final de los finales, no era una profesional de la mente, y Giácomo termina “tirándosela” en el despacho de la clínica. Sin lugar a dudas, las tomas del filme son muy vagas y carentes de lenguaje cinematográfico. Todas las películas porno son así, el guión repetitivo, las mismas acciones, los finales parecidos, una intoxicación visual desde el punto de vista artístico; pero es más que suficiente, como para que los obreros de fila de atrás y Charly estén bien servidos. Total, a ellos lo que les importa es hacerse una buena paja antes de ir a casa.

Sin lugar a dudas, ese fue un día muy extraño.

-Oye, Alberto, vámonos. Me da asco ese viejo de adelante.
-“Ay, me da asco”, no seas marica, –ríe
-No es eso, sino que tengo clases en el Peruano-Japonés.
-Ah… chucha, ya, gordo, en un toque no vamos, pues.
-Ya.

El chofer se quedó un poco confundido por lo huraño que se comportaba Ricardo en el cine. Pero no le dijo nada para no fregarlo. Además que la cochera iba salir muy cara, no tenía más que para 3 horas y también tenía que irse. Se pararon de las butacas y emprendieron la salida, en una puerta a la izquierda de la pantalla, había un letrero que no permitía el ingreso a gentes ajenas al cine. ¿A caso alguien ahí es ajeno? El viejo Hermes, con sus ronquidos o talvez Charly con su extraña zona erógena mental, o quizá los obreros de la fila de atrás que son tan propios al sitio como el operador. ¿Quién podría ser ajeno? Cuando en esas butacas afloran las más pervertidas alucinaciones; cuando la confianza llega a tal grado que el ver desnudo a alguien de tu costado es tan normal como respirar. Entonces ¿quién es ajeno? ¿Quién?
Mientras bajaban las escaleras para llegar hacia la puerta, los cuchicheos de los obreros de atrás, decían lo mismo y algo estúpido. Ricardo salió casi corriendo, como si hubiera estado espantado, incómodo todo el tiempo. Alberto salió lento y mirando con detenimiento a esas cabezas sombrías que de atrás no se veían. Luego, alcanzó al gordo en la puerta después de prender otro Marlboro rojo.

En la puerta, todo pareció estar bien. Ricardo, al salir del cine, se sentía más tranquilo. Salió con la desesperación que tiene alguien que está ahogándose en el fondo del mar y que busca salir hasta la superficie para salvarse, que busca ir hacia lo normal, hacia lo que está dentro de las reglas sociales. Pero Alberto, que no puede controlar su curiosidad, le preguntó si se encontraba bien.

-No pasa nada, solo que no me gusta ver ese tipo de cosas.
-Pero es porno, no más, gordo.
-Igual. No me gusta.
-Ah, chucha. No sabía…
-Ajá.
-Ganso.

Antes de salir, tomaron algunas fotos para el reportaje que se les encomendó. Las personas los miran desdeñablemente, pero no se inmutan ni amilanan. Al gordo sí le daba un poco de vergüenza.

Muy educadamente, con el sarcasmo representativo del chofer, se despidieron de la señora Federica agradeciéndole la “hospitalidad”. Entonces, emprendieron el camino de las cinco largas hasta la cochera del jirón Puno por el Jirón de la unión. Ricardo se hallaba muy pensativo, muy en un mundo que es de él. En el transcurso hacia la cochera, el chofer aún hablaba del cine como un niño sorprendido. Llegaron 2 minutos tarde y ahí, bien grande, decía: “Hora o fracción”. Así que por los dos minutos tuvo que pagar una hora más –12 soles-, que en realidad debieron ser 9 porque solo se demoraron 2 minutos, pero el flaco de la cochera no perdona ni un segundo. Subieron al carro, Alberto encendió los faros y el motor, sacó el carro y salieron apurados porque las clases de japonés del gordo empezarían en media hora.

-Puta madre, gordo, por dos minutos nos cagó este huevón.
-¿Qué?... Ah, sí. Sí.
-Oye, estás raro, huevón.
-Estoy bien.
-No parece.
-Sí. Es que a mi no me gusta eso.
-Dese que entramos al cine haz estado como un ganso.
-Yo sé porqué lo digo.
-Seguro.

Para evitar el tráfico se fueron hasta la Plaza Bolognesi y agarraron la avenida Brasil.
Tienen que llegar hasta las cuadra 25 para dar la vuelta y salir que el gordo se vaya a clases.

-Oye, ¿te acuerdas que te quería contar algo?
-Si, qué fue. Qué, eres gay –ríe el chofer sin control mientras se traga un bache de la pista que los hace saltar- Bache de mierda, carajo.
-Si, eso era.
-¿Qué cosa?
-Que soy gay, pues, Albertito. ¿No te habías dado cuenta?

Alberto está dudando, pero no le gusta que le tomen el pelo. Ríe.

-Anda huevón, ya ¿qué cosa me vas a contar?
-Eso, que soy gay, de verdad.
-¿En serio?
-Sí
-Anda, huevón –se pone nervioso y sigue dudando- no te creo, no jodas, pues
-No, de verdad.

Sin darse cuenta Alberto estaba manejando más rápido, casi ni miraba la pista.

-¡Frena, huevón, frena!
-¡Conchasumadre! Ya ves, gordo.

Después de 3 metros de raspar las llantas, quedaron sobre la mitad de la zebra del cruce peatonal. Asustados, en una avenida Brasil mal iluminada y tétrica.

-Oye, Albertito.
-¿Qué?
- Seguirás siendo mi amigo ¿no?
-Claro, huevón, solo déjame asimilar lo que me haz dicho.
-Ya
-¿Pero de verdad?
-Sí, de verdad.
-Mierda.

La cara puesta por el chofer es confusa. A pesar de estar sonriente, por dentro piensa que está con un verdadero gay en su carro y a solas. Alberto no es homo fóbico pero nunca había sido amigo de alguien así. Así, tan de cerca.

-Gordo, tenemos que voltear por acá
-¿Para qué?
-Porque sí no, no vamos a poder cruzar la Brasil.
-Ah ya.

Doblaron por una callecita en la cuadra 23, ya estaban en Jesús María. Las calles y jirones de ese lado eran tenues; los postes de luz, todos viejos sino empolvados, dándole a la calle una mediocre luz amarilla, que los faros del auto alumbran más la calle. Voltean a la derecha, luego para la izquierda y la calle que viene va en contra; entonces, Alberto continúa, está paranoico. Vuelve a la derecha, luego a la derecha una vez más y nada. Siguen de frente y Ricardo lo está viendo aunque el chofer no lo quiere ver, ni hablar. No estaba decepcionado, pero estar por unas calles tan oscuras lo aterraban un poco.

-Oye, ¿estás bien?
-Si, huevón, ya te dije.
-Te veo cagado
-Es que no sé por qué calle salir.
-Mierda, qué pasa –un cascabeleo sale del motor
-Puta madre, qué chucha pasa –el carro da un sacudida infernal y va perdiendo fuerza hasta que finalmente se frena. Entonces del capó y del radiador sale un humo plomizo y, mucho vapor.
Si la desesperación del chofer pudiera medirse en grados Celsius, el sol era un foco de chingana barata a su lado.
Abre el capó y el monóxido se le va a la cara. Ricardo se queda en el auto y no lo ayuda. Felizmente el motor no sufrió ningún daño, pero está ardiendo.

-Ya sé qué es, gordo –se acerca al ventana.
-¿qué pasó?
-Es que no le echo agua hace un mes.

Una tienda pequeña, con un foco que cuelga del mismo cable, se ve a dos cuadras. EL chofer va corriendo y le pide agua a una chica cabello negro.
Regresó lo más rápido que pudo, saco la tapa del radiador, echó el agua apuntando bien al agujero, cerró el capó. Hizo contacto. El carro no prendía. Por el retrovisor vio que la tiendita ya había cerrado y que no había ningún alma en ese sitio.

-Oye, te veías sexy arreglando tu carro
-Ah.
-Pero no te platees, pues.
-No, nada que ver.
-Tienes miedo.
-No.
-Sí.

Ricardo, aprovechándose de un desesperado chofer que está sentado y despavorido, le pone una mano en la pierna.

-Oye, oye, oye,
-Te da miedo, maricón –mientras deja su mano en la pierna de Alberto.
-No, pero no seas huevón, pues, gordo –botando la mano casi con asco, pero con un miedo de mierda.
-No te vas volver gay si te toco

Ricardo empezó a acercarse lentamente, como queriendo besarlo. El chofer empezó a verlo calladito, como un idiota, estático, paralizado. El gordo empezó acercarse más, ya se le notaba la barba crecida, los ojos algo desorbitados detrás de sus lentes. Alberto no sabe qué hacer, su cuerpo no responde, se le van abriendo los ojos mientras el gordo se va acercando más, y le coge la pierna derecha. El gordo sigue avanzando, muy seguro él, con una risa latente y le toma más fuerte la pierna. Alberto ya casi está acorralado, está con la espalda pegada a la ventana del auto y el gordo que se la venía encima.

-Gordo conchatumadre –le zampó un puñetazo en la quijada que lo devolvió a su sitio- ahorita te rompo el hocico, mierda. –El chofer se bajó del carro y de lejos lo siguió insultando si parar.
-Era broma, imbécil, no iba a hacerte nada.
-No me jodas, mierda.
-Ya discúlpame, pues.
-Calla, huevón.

El chofer estaba furioso, tenía el infierno en lo ojos; sin embargo, era débil, no había razón para trompearse con su amigo, así el gordo intentara darle un beso, no tenía que pegarle de ninguna manera. “Eres un es un hijo de puta, mierda” –decía el chofer asustado. Algunas luces se prendieron dentro de las casas, otras ventanas se abrieron para ver que pasaba; los gritos del chofer hacían eco en la calle vacía. Se sentó de nuevo en el auto, déjate de mariconada, mierda –repetía. Intentaba calmarse pero no lo lograba. La gente dejó de chismosear finalmente. Se apagaron las luces y cerraron las ventanas de los segundos pisos de las casas.
El chofer mete la llave e intenta arrancar el auto.
Y nada.
Otra vez. Y nada.
Una vez más.

-Bien, carajo –el auto había prendido otra vez, lo único que necesitaba era agua y un descanso.
-Oye, ¿me vas a jalar al peruano-japonés?

Solo a unas cuadras estaba la calle por donde cruzarían la Brasil para llegar hasta Gregorio Escobedo. Al chofer le dieron ganas de botarlo de su carro por esa broma de mal talante, pero al final era su amigo.

-Ya, pero sin mariconadas o te bajas, gordo de mierda.
-Ya, está bien, disculpa.
-Oye, no te vayas a volver travesti ah.
-¿Qué?
-Sí, es que todo esto se parece a un drama de Vargas Llosa; así, de dos amigos, uno que es marica y el otro que le pega. Y ahí, el marica, se vuelve travesti, pues.
-Esta es la vida real, Alberto, no una novela.
-Si, pero por sea caso.
-No, no creo. Yo no quiero ser mujer.
-¿Ah, no?
-No, hay gays que sí, pero yo no.
-Entonces cómo haces, cuando vas a…
-Es que yo soy activo, no pasivo.

Ya estaban a unas cuadras para entrar a Gregorio Escobedo. Cortando camino, se fueron por la calle De la Policía hacía atrás para evitarse el tráfico de las 8 de la noche.

-Entonces ¿tú te tiras hombres?
-Ajá, algo así.
-¿Y te has tirado alguna mujer?
-No.
-Entonces cómo sabes que eres gay si no te has tirado ninguna, gordo huevón.
-Solo lo sé.
-Yo te voy a presentar unas perras, vas a ver.
El gordo se ríe, el otro también.
-Oye ¿y desde cuando ah? –escudriñando.
-Desde que tenía trece años.
-¿Pero cómo lo sabías?
-Ya te dije, huevón, solo lo sabía y punto. Ya no jodas.

Cualquiera hubiera estado como estaba el chofer, aunque se conocían solo ocho meses, él sentía que tenía el derecho de preguntarle todo lo que fuera necesario para saber más. Además que Ricardo, en todo ese tiempo de amistad, no le dijo nada sobre su opción sexual. “Pero tú no me preguntaste”, dice el gordo. Alberto lo mira con una sonrisa a medias. Es una sonrisa que no quiere ser cómplice, pero tampoco desairada.

Estaban callados escuchando la música de la radio. Cruzaron Escobedo por el supermercado “Santa Isabel”, el único que queda en Lima, a espaldas de ahí queda el Peruano-Japonés. Tardaron unos minutos en llegar a cruzar, hasta que al fin llegaron. Alberto estaciona el carro en lado izquierdo de la pista frente al portón del instituto. Hay un policía en frente, no dice nada. En el Perú, las reglas de tránsito, son unos lindos adornos en el árbol navideño de la ley. Apaga el carro.

-Ya, Albertito, gracias.
-Ya gordo
-Otro día te cuento otras cosas
-Más mariconada seguro –se burla mientras el gordo se está bajando del carro.
-Oye, ¿ya sacaste tu brevet?
-No.
-Ojala no te pare un tombo.
-Si.
-Chao, Alberto –le estrecha la mano, un poco tímido.
-Chao, gordo… oye, oye –grita- El gordo regresa desde la mitad de la pista.
-¿Qué fue?
-Préstame 5 lucas, pues.
-No tengo.
-Ya pues, no seas cabro.
-¿Qué cosa?
-No es por joder –no aguanta la risa, carcajea como un mocoso, y el gordo se avegüenza un poco.
-Ya, toma, toma, huevón.
-Ahí está, ya gordo. Ahora si, chao.

Entonces, el chofer, cuando ya estaba solo regresando a casa, entendió el porqué de las actitudes del gordo, el porqué de sus comentarios, del retraimiento que había rondado a lo largo, no solo de ese día, sino de siempre. Está escuchando la música de la radio, mientras cruza la avenida Sánchez Carrión. Se halla ido de si mismo, maneja por inercia y a toda velocidad, no está pensando. El gordo era gay y no me di cuenta. Iba por toda la Javier Prado. Dobla a la izquierda. Claro nunca hablaba de su enamorada, siempre decía: mi pareja, mi pareja. Cruza Salaverry. El Auto sigue tomando más velocidad. Pasa Las Flores. Ese gordo, bien cabro resultó. Puta madre y qué tal si de verdad me besaba. El chofer bordeaba los 130 kilómetros por hora. Está a unas cuadras del Centro Aeronáutico de la FAP.

-Auto azul estaciónese a la derecha –dice el policía desde la camioneta que tiene un megáfono.
-Puta madre, ¿ahora qué hago?

El carro está, como dijo el policía de tercera, a la derecha con las luces de emergencia intermitentes. El chofer está sentado nervioso. No tiene brevet. No tiene plata, solo los cinco soles que le prestó el gordo.

-Buenas noches. Sus documentos.
-Buenas… eh…
-Tarjeta de propiedad, SOAT, licencia.
-Aquí está –el chofer le da la tarjeta y el seguro obligatorio contra accidentes (SOAT)
-¿Su licencia señor?
-No le he traído, jefe. La olvidé.
-Acompáñeme a la comisaría.
-No, jefe, no sea malo, pues – le ruega con un tono sometido, con la dignidad por los suelos.
-No, señor. Acompáñeme, por favor.
Únicamente le quedaba, al chofer, solucionar las cosas como es de costumbre: con coima. Se quita el cinturón, abre la puerta y va hasta la camioneta estacionada atrás, donde está el policía con sus documentos.

-Jefe, por favor, no hay otro modo de arreglar esto…
-¿Qué cosa?
-Podemos arreglar esto, jefe
-Perdón señor, ¡qué dice!
-Es que solo tengo 5 soles.
-¡Qué cosa, carajo! –y el otro policía- vamos a la comisaría.
-Jefe, no sea malo
-Ya te jodiste, carajo.

El policía se bajó de la camioneta, fulminó al chofer con la mirada y se subió su auto. Con el policía al costado, nervioso, prefiriendo mil veces que esté el gordo ahí, intentando besarlo. Pero no era así, estaba ahí un policía furioso. Entonces, manejaron hasta la comisaría de San Isidro.
Al carro de frente lo mandaron al depósito.
Alberto intentaba disculparse, intentaba arreglar todo pero era tarde. Lo metieron a la carceleta de la comisaría. Le dieron una llamada y un patadón en el culo.
Yo pensaba que lo de la llamada era en las películas nomás –piensa Alberto, mientras timbra el teléfono y espera, alguien le conteste sino está frito.

Carta introspectiva a mí mismo

Querido yo:

He aprendido el significado. Si, el significado de esta frase: "Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde". Y qué mundana sonaba antes. Pero qué punzo cortante suena ahora. Duele. Lo que estoy sintiendo es una mezcla entre impotencia, tristeza e ira.

Me diagnostico impotente por ser - y haber sido- tan estúpido, arrogante, petulante, deshonesto, incrédulo (y eso es solo un inicio). Por no ver más allá. Por creer que todo nunca se transforma, cuando la verdad es que sí. Todo cambia. Pero yo no lo vi así. Quizá no quise verlo. O no lo vi.

Me siento triste porque ya no puedo remediarlo. Porque ya no es como antes, si hubiera sentido - o pensado- esto hace unos 4 meses, todo sería distinto, creo. Estoy triste de algún modo muy mío, y muy de todos. Tan personal y colectivo. Porque soy un idiota. Un imbécil con letargo.

Siento ira porque tuve "el oro" y lo cambié por un puñado alcohol, drogas y sexo. Porque así mueva cielo y tierra, ella ya no está. Ella se ha ido, arrancó su carro y no tiene retro. No va a volver.

Me he vuelto como un viejo. Así es, un viejo. Mirando el pasado, un romántico tipo que se fija en las lecturas pasadas, que lee sus cartas. Sumergido en el pasado, sin nadar, vivo ahogado en las fotos y recuerdos. A veces el futuro ya no importa.

La verdad es que nadie sabe lo que tiene hasta perderlo. ¡Es cierto!
Ahora si sé lo que tuve, ahora ya lo he perdido.

*

A “dios”:

Tal vez tú puedas ayudarme, sé que sí. Dime ¿Acaso se puede? ¿Es que tú puedes regresar el tiempo? ¿Puedes sacarme de este hoyo? ¿Me ayudarás? Veo que no. No me ayudarás y está bien, he sido malo. Pero a ti no te cuesta nada y yo nunca he pedido mucho. Solo es un favor, solo una limosna.

**

Pero soy un cínico. Un cínico y de los peores. Porque siempre tengo el cliché de decir:
"Ahora no tengo nada". Tal vez en un futuro cuando lo que tengo ahora y, talvez, no veo, lo pierda, sabré qué fue, qué tuve. Pero será tarde y dicen que el tiempo es oro. Eso me lleva a la conclusión de que uno, al final, lo ha tenido todo, que ha sido muy rico: ha visto el mundo, lo ha tocado, lo ha sentido, lo ha escuchado y lo ha olido; y que al final se ha ido sin nada, que nunca ha sabido. Que es mejor acostumbrarse.

Si, pero a mi se me otorgaron muchas oportunidades. Pero el ser así, así como soy, hizo que no divisara el horizonte (futuro). Porque me distraje mirando las moscas y microbios, cuando había más por ver. Me siento como una mierda. No. Soy una mierda o peor. Como un pedazo de de excremento seco que nadie barre. Todo blanco y molido. Desecho y pisado. Salido del más sucio animal. Defecado –o peor que eso-.


***

Por eso es que me siento así
porque yo jodí todo, es mi culpa. Y no hay un “lo siento” que me escuda,
y me sentencio yo mismo a la silla eléctrica.
Ella rogó tanto mientras que la despreciaba,
hasta que un día dejo de hacerlo. “Pero qué importa”, dijo talvez
y hasta que un día se fue con otro
y hasta hoy día yo me di cuenta
y, talvez, hasta siempre cargue esto.
Esto que no pesa, porque es peor: mata.


****

Pero qué prensa es la que entrevista al alma. La que me saca en portada y titulares o en la que soy el reportaje. Qué es esa prensa, esa que despeñará mi último suspiro que no dirá gracias pero dará el tiro de gracia, en mi frente escarlata. Cuál es, dónde está. Que remate mi sueño aunque no esté dormido. Total, esta pesadilla, de las más tenebrosas, de las más puñeteras, no pasa. Que me saquen y publiquen, gritaré. Porque ella estará viendo, lo sé. Por fin me verá

A veces me pregunto qué es lo que me sigue, y me doy cuenta de que estoy solo y que sólo persigo telarañas de noche. Porque he sido el impostor del que esa prensa ha escrito. Solo soy un don nadie que ha perdido el don. Que me hagan un reportaje y develen mi verdad. Al final, solo somos un nombre, un número, una foto. Que digan que fui lo que fui, aunque creo no haber sido nada. Que publique esa prensa, si, esa prensa del alma.

TMGL

Doces horas

«ola… como estas? :-) oye mañana voy
a tu casa a las 6 ok? solo que no se dond vives
xD bueno responde si puedes - ricardo»

-¿Aló?
-Aló, Sofía
-Sí, ¿quién es?
-Ricardo, ¿cómo estás?
-Bien, ¿tú?
-Oye, estoy en Plaza Primavera…
-Ahora salgo.

Mientras la estaba esperando me entró una ansiedad terrible. Me sentía aun nervioso, es que nunca habíamos hablado en persona, bueno, solo unos tres minutos y eso no cuenta. Cuando estacioné el carro en un parqueo gratis al lado de Plaza, hubo un momento en el que desistí y pensé en irme. Tenía algo dentro de mí que hacía todo más difícil, una suerte de nervios e inseguridad inexplicables. El guachimán de unos departamentos al frente del parqueo, quería que le pagara por ver el carro, obviamente no quise porque no tengo tanta plata como parece. Aparte, mi carro no es la gran cosa, es del 87, ya está viejo, aunque le funciona casi todo, nadie querría robarlo. Prendí un cigarrillo, hace tiempo que no fumo. Creí, al comienzo, que no vendría o que haría como todas las demás: “oye no puedo ahora, mejor que sea otro día”. Pero ella sí llegó. Sofía con sus ojos azabaches y el cabello negro brilloso, tenía algo que estremecía dentro de mí, hace tiempo que no sentía eso o nunca lo sentí, creo.

Cuando llegó, se acercó para darme un beso en la mejilla y sentí su fragante aroma. Para no estar o, mejor dicho, demostrar los nervios, hablé como aquellos galanes de cuatro por medio que creen saber lo que hacen. Aunque, no me salen esas pantallas de gilero. Ese es mi carro, el azul del fondo, señalé. Le abrí la puerta, como todo un caballero, para que suba. Subí enseguida también, prendí el carro y arranqué. Cuando estábamos saliendo hacia Primavera le veía de reojo los senos, perfectos, con la caída exacta, el tamaño ideal. Casi no los recordaba porque cuando la conocí, me había pasado de copas. Me ponía a pensar en lo estúpido que sería chocar por estar viéndolos y, casi musitando, le pregunté hacia dónde podríamos ir. Qué tal si vamos a mi departamento –dijo- está a unas dos cuadras cruzando Primavera. Yendo para su casa imaginé como se verían desnudas aquel par de bellas protuberancias que salían de su cuerpecito tan delicado. Sonó una canción de los setentas en la radio del auto, comencé a cantar como un loco (es que la canción es muy buena) y entonces una vocecita, suave, limpia, tarareaba también la canción. Eso me hizo pensar mucho, era extraño que a una chica como ella le gustase Pink Floyd, que coincidencia ¿o es el destino? No supe.

Llegamos a la puerta de su departamento a las siete de la noche. No sé si para impresionarla o por dármelas de “muy”, en el camino quise tomar un atajo, pero nos perdimos. Nos salió el doble de camino y de gasolina. Ella reía de mi idiotez, me gustaba que lo hiciera. A menudo me gusta que se burlen de mí, debe ser la costumbre. Divagar por varias calles me sirvió para hablar un poco, para afianzar la situación, para… perdernos el miedo. Me preguntaba a mi mismo, mientras ella abría la puerta, qué encontraría adentro de aquel departamento. A penas la conocía y ya me había invitado a pasar. No quise pensar mal, pero me dio qué pensar. El departamento era pequeño, unos sillones marrones a la izquierda, junto a la ventana por donde veía el auto, casi al lado de la puerta un comedor chico para cuatro o cinco personas.
Nos sentamos, cada uno, en un sillón. Frente a frente. Me contaba que se había mudado recién. Sus papás se lo compraron y ella prefirió vivir sola que mal acompañada. Empecé a hablar, no sé si por temor o para no aburrirla. Aquel entonces, tocaba en una banda, estábamos a puertas de grabar un primero ‘demo’. Las sesiones de ensayo eran difíciles, teníamos que cuadrar toda la instrumentación, algunos arreglos, pero lo lograríamos en esos días, no quedaba mucho por hacer. Ella me escuchaba atenta, yo la miraba de frente y me perdía en la profundidad de sus ojos. De vez es cuando, cuando no se daba cuenta, le miraba los senos. Se paró a prender la radio y aproveché para ver qué tal estaba su potito, regularmente pienso que soy pervertido, ¿lo soy? En fin, era pequeño pero formadito, paradito. Saqué mi celular para ver la hora, porque yo no uso reloj, me incomoda la muñeca y se me queda marcada después, además que no tengo tiempo para comprarme uno. Eran las diez en punto. Empecé a aburrirme y creo que ella también, hasta que tocamos ese tema, el de los enamoramientos. ¿Será que nadie está nunca tranquilo con ese temita? Creo que yo sí. Claro, porque nunca me he tomado en serio a nadie. Pero no todos son así de mierdas, como yo. Se la notaba inquieta, quería contarme algo, y comenzó sin que la pausara.

-He dejado el ciclo.
-¿Por qué?
-Por un chico…
-¿Qué?
-Yo estuve con él hace un par de años, fue mi primer enamorado. Y creo que aún lo quiero o no sé, cuando lo veo, siento algo así como que incomodidad. Lo peor es que justo ahora me tocó estar en el mismo salón que él, imagínate. Lo conocí en el colegio, estuvimos, pero hubo algo que no funcionó, pues. Él me trataba como si fuera un objeto, como una cosa más que le pertenecía. Todo el día me llamaba, casi me sentía acosada. Aparte que es malo. Pero lo quise.
-¿Lo querías? O…
- No, no lo quiero, ahora no, ni loca. Pero no me gusta tenerlo a mi costado, o sea no soporto estar en el mismo salón que él, ni en el mismo lugar, ¡ni mirarlo!, no, es insoportable. No puedo.
- Entonces aún lo sigues queriendo, solo que te molesta sentir, a pesar de todo, que esté en tú vida diaria pero que ya no te haga caso, pues ¿No?

Ella comenzó a dejar de mirarme y se ofuscó, su mirada estaba sesgada por un ingrediente exagerado de vergüenza. Yo nunca me sentí presionado al opinar, solo incomodo, un poquito. Lo que dije estuvo fuerte. Un silencio pasó y nos dejó inmóviles. Bostecé mirándola. Eran diez para las doce.

-Es que él me ha hecho mucho daño, más del que te imaginas.
-¿Qué?
-Si, pasaron cosas, pues.
-¿Cosas muy malas?
-Si horribles.

Me paré y acerqué a la ventana para ver el carro. La abrí. ¿Hace calor no? No me respondió. Estaría pensando en aquellas cosas malas que el tipo ése le había hecho, o quizá aquel silencio significaba que ya tenía que irme. Tenía que saber qué era lo que había pasado. Siempre soy muy chismoso, me gusta, sobretodo, meterme en asuntos que no me incumben. Solo con ella no pude. Es verdad que no me sentí con la suficiente confianza, como para estar fisgoneando. Me senté. Al instante, sonó mi celular.
Entre lo que contestaba la llamada, se paró de repente y apoyó sus codos en el alfeizar de la ventana abierta, y doblaba su espalda exquisitamente alentándome ¿estaría coqueteando? La miré de pies a cabeza.
Al cielo, raramente, le colgaban algunas estrellas medio despintadas. Me paré a su lado, primero, como quien mira el carro otra vez. Después, coloqué mi brazo sobre su hombro, despacio, casi sin intención. No quise hacerle más preguntas ni forzarla a contar de esa, seguramente, mala experiencia porque podía mandarme por un tubo o por el ascensor hasta la calle. Aún carecía del derecho a hacerle preguntas, aunque sí el deber de responder todas las que ella hiciera. Lo bueno es que, como he aprendido hasta ahora, a cualquier situación –por mala que sea- hay que sacarle algo de bueno. Al principio, me dio una especie de terror acercarme así, sin conocerla tanto, podría pensar mal de mí. Pero qué importa, acaso tú no has pensado mal de ella, cabrón, me pregunté. Más que la valentía, en ese momento, tuve el brío de bajar suavecito el brazo, y como bordeando un abismo, bordeé su cintura hasta que mi mano tropezara con el inicio de su cadera. Volteó la mirada y desprendió de sí una sonrisa picaresca, como señal de comodidad o ¿complicidad? Poco a poco nos volvíamos uno solo, yo iba un poco para atrás y a la derecha y ella todo lo contrario, terminamos abrazados: mis manos sobre las suyas y las suyas sobre su vientre. Respiraba sumiso en sus oídos. Sentíamos, porque estoy seguro que ella sintió lo mismo, una impasibilidad casi cercana a la de la muerte.

-Oye, ya son las dos la mañana.
-¿Ya quieres que me vaya?
-No, no lo decía por eso. Quédate.
-¿Estas cómoda así?
-Si, eres confortable.
-Es raro, ¿no?
-¿Qué?
-Que hace unas horas, éramos casi dos desconocidos y…
-Si…
Cuidadosa, volvió la cabeza hacia mí.
Me besó.
Pero no fue un beso apasionado, fue un piquito diminuto, ínfimo, sino tierno. Volteó presurosa, quedamos frente a frente, sus ojos habían alcanzado un brillo procaz y me atrevo a decir que destilaban no precisamente inocencia. Otra vez el silencio, de una forma calida esta vez. Ya no era necesario hablar. Entonces, como es de esperarse de mí, cagué el momento y todo por culpa de mi maldita próstata traicionera que me obligó a ir al baño. No puedo creer que después, a los cuarenta y dos, haya muerto de cáncer a la nuevamente desleal y conspiradora próstata que ya andaba jodida desde joven. Fui al baño, entonces. Cuando regresé, la encontré sentada en el sillón grande a modo de espera. Ni pendejo, ni huevón, ni tímido; me senté a su lado. De frente, la abracé, ya sin miedo, el besito me ha dado la confianza. Mientras apoyaba su cabeza en mi pecho, respiraba el exquisito perfume de su cabello negro sedoso. Le besaba el cuello lentamente, detrás de las orejas. Se encogía de hombros, movía su cabeza de un lado a otro, con los ojos cerrados y la boca semiabierta. Lo hice cada vez más apasionado. Se empezó a agitar. Luego nos besábamos con furia y desenfreno ¿besábamos? Nos comíamos, cruzaba su lengua con la mía y sentía que se acomodaba encima de mí. Nos movíamos cada vez más, era sexo con ropa, sexo light, le dicen. Pero yo no estaba a dieta. Le cogía las nalgas con las dos manos, moldeándolas. Agitados, sobre el sillón, empezamos a quitarnos la ropa poco a poco pero apresurados. Le quite el polito blanco, luego el sostén, entonces, mi fantasía se hacía realidad, estaba viendo sus tetitas lindas, delicadas y sus pezones pequeños y finos. Los lamía y chupaba, me perdía en ellos, los mordía despacio y veía como ella se regocijaba. Se tomaba el pelo, con los ojos cerrados y la boca abierta. Nos quitamos todo. Desnudos sobre el sillón –ella sobre mí- irrumpí dentro de ella, nos enredábamos y movíamos con ardor, ella, con respiros acelerados, soltaba unos blandos gemidos. Estando adentro de ella, sentí como sus calidos fluidos me mojaban el pubis y terminé, terminamos. Estábamos echados –yo ido mirando el techo-, aún agitado con el corazón saliéndoseme. Era la dicha. Volvíase todo tan irreal o a la vez concupiscente. Ella descansaba su cabeza en mi pecho, yo respiraba cada vez menos sobre su frente.

-Él se aprovechó de que había estado tomando. Yo no quise. Al día siguiente, cuando me desperté, no sabía dónde estaba, y él ahí a mi lado… Pero el estúpido me cortó, nunca más llamó ni nada. Oye te estoy hablando ¿Qué te pasa?
-Nada, solo que hablas como si fuera algo del otro mundo. Qué escándalo haces, si es normal, pues.
-¿Qué? Entonces…

La decepcioné, es cierto. Pero era lo más franco que podía decirle, yo no quería nada serio con nadie, era lo mejor. Fijando sus ojos sobre mí, se fue yendo de mi lado. Estaba paradita apoyada contra la ventana, cruzando los brazos. La expresión que hallé en sus lindos ojos negros es indescriptible, una mezcla de miedo y furia contenidos, entremezclados, que no hacían más que amilanarme de forma letal. Sus gritos rompieron llenando toda la sala. Corrían unas lágrimas por su rostro, me sentía el más hijo de puta, el peor de los villanos que pudo haber. Volaban por el comedor mi polo, el pantalón, la billetera. Me paré y cogí todas mis cosas, disponía a hacer la retirada.

-¡Lárgate de mi casa, desgraciado!
-Puta madre qué histérica te pones, oye –Terminaba de ponerme el jean-.
-¡Auxilio!, Ayúdenme por favor.

Siguió vociferando y pidiendo ayuda. Yo quería terminar de cambiarme, pero me puse lento y confundido con sus gritos. Vinieron unos vecinos del tercer piso, una señora del costado y el guardia del edificio, tocaron la puerta. Si la encontraban desnuda y a mí cambiándome iban a pensar mal, muy mal. Terminé de cambiarme. Ella se tapaba o lo intentaba, con su polito. Abrí la puerta y, a las cinco y media de la madrugada, emprendí la marcha. No ha pasado nada solo hemos tenido una discusión, buenos días. Escuché que me llamaban, indiferente, no miré hacia atrás por maricón. Bajé por las escaleras rapidito no más, ella por la ventana me insultaba aún. Llegué a trancazos hasta el carro. Saque las llaves, nervioso, abrí la puerta. Me quedé unos segundos callado, mirando el asfalto mal iluminado por mis faros, no entendía nada. Confundido, encendí el auto y me fui.