«ola… como estas? :-) oye mañana voy
a tu casa a las 6 ok? solo que no se dond vives
xD bueno responde si puedes - ricardo»
-¿Aló?
-Aló, Sofía
-Sí, ¿quién es?
-Ricardo, ¿cómo estás?
-Bien, ¿tú?
-Oye, estoy en Plaza Primavera…
-Ahora salgo.
Mientras la estaba esperando me entró una ansiedad terrible. Me sentía aun nervioso, es que nunca habíamos hablado en persona, bueno, solo unos tres minutos y eso no cuenta. Cuando estacioné el carro en un parqueo gratis al lado de Plaza, hubo un momento en el que desistí y pensé en irme. Tenía algo dentro de mí que hacía todo más difícil, una suerte de nervios e inseguridad inexplicables. El guachimán de unos departamentos al frente del parqueo, quería que le pagara por ver el carro, obviamente no quise porque no tengo tanta plata como parece. Aparte, mi carro no es la gran cosa, es del 87, ya está viejo, aunque le funciona casi todo, nadie querría robarlo. Prendí un cigarrillo, hace tiempo que no fumo. Creí, al comienzo, que no vendría o que haría como todas las demás: “oye no puedo ahora, mejor que sea otro día”. Pero ella sí llegó. Sofía con sus ojos azabaches y el cabello negro brilloso, tenía algo que estremecía dentro de mí, hace tiempo que no sentía eso o nunca lo sentí, creo.
Cuando llegó, se acercó para darme un beso en la mejilla y sentí su fragante aroma. Para no estar o, mejor dicho, demostrar los nervios, hablé como aquellos galanes de cuatro por medio que creen saber lo que hacen. Aunque, no me salen esas pantallas de gilero. Ese es mi carro, el azul del fondo, señalé. Le abrí la puerta, como todo un caballero, para que suba. Subí enseguida también, prendí el carro y arranqué. Cuando estábamos saliendo hacia Primavera le veía de reojo los senos, perfectos, con la caída exacta, el tamaño ideal. Casi no los recordaba porque cuando la conocí, me había pasado de copas. Me ponía a pensar en lo estúpido que sería chocar por estar viéndolos y, casi musitando, le pregunté hacia dónde podríamos ir. Qué tal si vamos a mi departamento –dijo- está a unas dos cuadras cruzando Primavera. Yendo para su casa imaginé como se verían desnudas aquel par de bellas protuberancias que salían de su cuerpecito tan delicado. Sonó una canción de los setentas en la radio del auto, comencé a cantar como un loco (es que la canción es muy buena) y entonces una vocecita, suave, limpia, tarareaba también la canción. Eso me hizo pensar mucho, era extraño que a una chica como ella le gustase Pink Floyd, que coincidencia ¿o es el destino? No supe.
Llegamos a la puerta de su departamento a las siete de la noche. No sé si para impresionarla o por dármelas de “muy”, en el camino quise tomar un atajo, pero nos perdimos. Nos salió el doble de camino y de gasolina. Ella reía de mi idiotez, me gustaba que lo hiciera. A menudo me gusta que se burlen de mí, debe ser la costumbre. Divagar por varias calles me sirvió para hablar un poco, para afianzar la situación, para… perdernos el miedo. Me preguntaba a mi mismo, mientras ella abría la puerta, qué encontraría adentro de aquel departamento. A penas la conocía y ya me había invitado a pasar. No quise pensar mal, pero me dio qué pensar. El departamento era pequeño, unos sillones marrones a la izquierda, junto a la ventana por donde veía el auto, casi al lado de la puerta un comedor chico para cuatro o cinco personas.
Nos sentamos, cada uno, en un sillón. Frente a frente. Me contaba que se había mudado recién. Sus papás se lo compraron y ella prefirió vivir sola que mal acompañada. Empecé a hablar, no sé si por temor o para no aburrirla. Aquel entonces, tocaba en una banda, estábamos a puertas de grabar un primero ‘demo’. Las sesiones de ensayo eran difíciles, teníamos que cuadrar toda la instrumentación, algunos arreglos, pero lo lograríamos en esos días, no quedaba mucho por hacer. Ella me escuchaba atenta, yo la miraba de frente y me perdía en la profundidad de sus ojos. De vez es cuando, cuando no se daba cuenta, le miraba los senos. Se paró a prender la radio y aproveché para ver qué tal estaba su potito, regularmente pienso que soy pervertido, ¿lo soy? En fin, era pequeño pero formadito, paradito. Saqué mi celular para ver la hora, porque yo no uso reloj, me incomoda la muñeca y se me queda marcada después, además que no tengo tiempo para comprarme uno. Eran las diez en punto. Empecé a aburrirme y creo que ella también, hasta que tocamos ese tema, el de los enamoramientos. ¿Será que nadie está nunca tranquilo con ese temita? Creo que yo sí. Claro, porque nunca me he tomado en serio a nadie. Pero no todos son así de mierdas, como yo. Se la notaba inquieta, quería contarme algo, y comenzó sin que la pausara.
-He dejado el ciclo.
-¿Por qué?
-Por un chico…
-¿Qué?
-Yo estuve con él hace un par de años, fue mi primer enamorado. Y creo que aún lo quiero o no sé, cuando lo veo, siento algo así como que incomodidad. Lo peor es que justo ahora me tocó estar en el mismo salón que él, imagínate. Lo conocí en el colegio, estuvimos, pero hubo algo que no funcionó, pues. Él me trataba como si fuera un objeto, como una cosa más que le pertenecía. Todo el día me llamaba, casi me sentía acosada. Aparte que es malo. Pero lo quise.
-¿Lo querías? O…
- No, no lo quiero, ahora no, ni loca. Pero no me gusta tenerlo a mi costado, o sea no soporto estar en el mismo salón que él, ni en el mismo lugar, ¡ni mirarlo!, no, es insoportable. No puedo.
- Entonces aún lo sigues queriendo, solo que te molesta sentir, a pesar de todo, que esté en tú vida diaria pero que ya no te haga caso, pues ¿No?
Ella comenzó a dejar de mirarme y se ofuscó, su mirada estaba sesgada por un ingrediente exagerado de vergüenza. Yo nunca me sentí presionado al opinar, solo incomodo, un poquito. Lo que dije estuvo fuerte. Un silencio pasó y nos dejó inmóviles. Bostecé mirándola. Eran diez para las doce.
-Es que él me ha hecho mucho daño, más del que te imaginas.
-¿Qué?
-Si, pasaron cosas, pues.
-¿Cosas muy malas?
-Si horribles.
Me paré y acerqué a la ventana para ver el carro. La abrí. ¿Hace calor no? No me respondió. Estaría pensando en aquellas cosas malas que el tipo ése le había hecho, o quizá aquel silencio significaba que ya tenía que irme. Tenía que saber qué era lo que había pasado. Siempre soy muy chismoso, me gusta, sobretodo, meterme en asuntos que no me incumben. Solo con ella no pude. Es verdad que no me sentí con la suficiente confianza, como para estar fisgoneando. Me senté. Al instante, sonó mi celular.
Entre lo que contestaba la llamada, se paró de repente y apoyó sus codos en el alfeizar de la ventana abierta, y doblaba su espalda exquisitamente alentándome ¿estaría coqueteando? La miré de pies a cabeza.
Al cielo, raramente, le colgaban algunas estrellas medio despintadas. Me paré a su lado, primero, como quien mira el carro otra vez. Después, coloqué mi brazo sobre su hombro, despacio, casi sin intención. No quise hacerle más preguntas ni forzarla a contar de esa, seguramente, mala experiencia porque podía mandarme por un tubo o por el ascensor hasta la calle. Aún carecía del derecho a hacerle preguntas, aunque sí el deber de responder todas las que ella hiciera. Lo bueno es que, como he aprendido hasta ahora, a cualquier situación –por mala que sea- hay que sacarle algo de bueno. Al principio, me dio una especie de terror acercarme así, sin conocerla tanto, podría pensar mal de mí. Pero qué importa, acaso tú no has pensado mal de ella, cabrón, me pregunté. Más que la valentía, en ese momento, tuve el brío de bajar suavecito el brazo, y como bordeando un abismo, bordeé su cintura hasta que mi mano tropezara con el inicio de su cadera. Volteó la mirada y desprendió de sí una sonrisa picaresca, como señal de comodidad o ¿complicidad? Poco a poco nos volvíamos uno solo, yo iba un poco para atrás y a la derecha y ella todo lo contrario, terminamos abrazados: mis manos sobre las suyas y las suyas sobre su vientre. Respiraba sumiso en sus oídos. Sentíamos, porque estoy seguro que ella sintió lo mismo, una impasibilidad casi cercana a la de la muerte.
-Oye, ya son las dos la mañana.
-¿Ya quieres que me vaya?
-No, no lo decía por eso. Quédate.
-¿Estas cómoda así?
-Si, eres confortable.
-Es raro, ¿no?
-¿Qué?
-Que hace unas horas, éramos casi dos desconocidos y…
-Si…
Cuidadosa, volvió la cabeza hacia mí.
Me besó.
Pero no fue un beso apasionado, fue un piquito diminuto, ínfimo, sino tierno. Volteó presurosa, quedamos frente a frente, sus ojos habían alcanzado un brillo procaz y me atrevo a decir que destilaban no precisamente inocencia. Otra vez el silencio, de una forma calida esta vez. Ya no era necesario hablar. Entonces, como es de esperarse de mí, cagué el momento y todo por culpa de mi maldita próstata traicionera que me obligó a ir al baño. No puedo creer que después, a los cuarenta y dos, haya muerto de cáncer a la nuevamente desleal y conspiradora próstata que ya andaba jodida desde joven. Fui al baño, entonces. Cuando regresé, la encontré sentada en el sillón grande a modo de espera. Ni pendejo, ni huevón, ni tímido; me senté a su lado. De frente, la abracé, ya sin miedo, el besito me ha dado la confianza. Mientras apoyaba su cabeza en mi pecho, respiraba el exquisito perfume de su cabello negro sedoso. Le besaba el cuello lentamente, detrás de las orejas. Se encogía de hombros, movía su cabeza de un lado a otro, con los ojos cerrados y la boca semiabierta. Lo hice cada vez más apasionado. Se empezó a agitar. Luego nos besábamos con furia y desenfreno ¿besábamos? Nos comíamos, cruzaba su lengua con la mía y sentía que se acomodaba encima de mí. Nos movíamos cada vez más, era sexo con ropa, sexo light, le dicen. Pero yo no estaba a dieta. Le cogía las nalgas con las dos manos, moldeándolas. Agitados, sobre el sillón, empezamos a quitarnos la ropa poco a poco pero apresurados. Le quite el polito blanco, luego el sostén, entonces, mi fantasía se hacía realidad, estaba viendo sus tetitas lindas, delicadas y sus pezones pequeños y finos. Los lamía y chupaba, me perdía en ellos, los mordía despacio y veía como ella se regocijaba. Se tomaba el pelo, con los ojos cerrados y la boca abierta. Nos quitamos todo. Desnudos sobre el sillón –ella sobre mí- irrumpí dentro de ella, nos enredábamos y movíamos con ardor, ella, con respiros acelerados, soltaba unos blandos gemidos. Estando adentro de ella, sentí como sus calidos fluidos me mojaban el pubis y terminé, terminamos. Estábamos echados –yo ido mirando el techo-, aún agitado con el corazón saliéndoseme. Era la dicha. Volvíase todo tan irreal o a la vez concupiscente. Ella descansaba su cabeza en mi pecho, yo respiraba cada vez menos sobre su frente.
-Él se aprovechó de que había estado tomando. Yo no quise. Al día siguiente, cuando me desperté, no sabía dónde estaba, y él ahí a mi lado… Pero el estúpido me cortó, nunca más llamó ni nada. Oye te estoy hablando ¿Qué te pasa?
-Nada, solo que hablas como si fuera algo del otro mundo. Qué escándalo haces, si es normal, pues.
-¿Qué? Entonces…
La decepcioné, es cierto. Pero era lo más franco que podía decirle, yo no quería nada serio con nadie, era lo mejor. Fijando sus ojos sobre mí, se fue yendo de mi lado. Estaba paradita apoyada contra la ventana, cruzando los brazos. La expresión que hallé en sus lindos ojos negros es indescriptible, una mezcla de miedo y furia contenidos, entremezclados, que no hacían más que amilanarme de forma letal. Sus gritos rompieron llenando toda la sala. Corrían unas lágrimas por su rostro, me sentía el más hijo de puta, el peor de los villanos que pudo haber. Volaban por el comedor mi polo, el pantalón, la billetera. Me paré y cogí todas mis cosas, disponía a hacer la retirada.
-¡Lárgate de mi casa, desgraciado!
-Puta madre qué histérica te pones, oye –Terminaba de ponerme el jean-.
-¡Auxilio!, Ayúdenme por favor.
Siguió vociferando y pidiendo ayuda. Yo quería terminar de cambiarme, pero me puse lento y confundido con sus gritos. Vinieron unos vecinos del tercer piso, una señora del costado y el guardia del edificio, tocaron la puerta. Si la encontraban desnuda y a mí cambiándome iban a pensar mal, muy mal. Terminé de cambiarme. Ella se tapaba o lo intentaba, con su polito. Abrí la puerta y, a las cinco y media de la madrugada, emprendí la marcha. No ha pasado nada solo hemos tenido una discusión, buenos días. Escuché que me llamaban, indiferente, no miré hacia atrás por maricón. Bajé por las escaleras rapidito no más, ella por la ventana me insultaba aún. Llegué a trancazos hasta el carro. Saque las llaves, nervioso, abrí la puerta. Me quedé unos segundos callado, mirando el asfalto mal iluminado por mis faros, no entendía nada. Confundido, encendí el auto y me fui.
a tu casa a las 6 ok? solo que no se dond vives
xD bueno responde si puedes - ricardo»
-¿Aló?
-Aló, Sofía
-Sí, ¿quién es?
-Ricardo, ¿cómo estás?
-Bien, ¿tú?
-Oye, estoy en Plaza Primavera…
-Ahora salgo.
Mientras la estaba esperando me entró una ansiedad terrible. Me sentía aun nervioso, es que nunca habíamos hablado en persona, bueno, solo unos tres minutos y eso no cuenta. Cuando estacioné el carro en un parqueo gratis al lado de Plaza, hubo un momento en el que desistí y pensé en irme. Tenía algo dentro de mí que hacía todo más difícil, una suerte de nervios e inseguridad inexplicables. El guachimán de unos departamentos al frente del parqueo, quería que le pagara por ver el carro, obviamente no quise porque no tengo tanta plata como parece. Aparte, mi carro no es la gran cosa, es del 87, ya está viejo, aunque le funciona casi todo, nadie querría robarlo. Prendí un cigarrillo, hace tiempo que no fumo. Creí, al comienzo, que no vendría o que haría como todas las demás: “oye no puedo ahora, mejor que sea otro día”. Pero ella sí llegó. Sofía con sus ojos azabaches y el cabello negro brilloso, tenía algo que estremecía dentro de mí, hace tiempo que no sentía eso o nunca lo sentí, creo.
Cuando llegó, se acercó para darme un beso en la mejilla y sentí su fragante aroma. Para no estar o, mejor dicho, demostrar los nervios, hablé como aquellos galanes de cuatro por medio que creen saber lo que hacen. Aunque, no me salen esas pantallas de gilero. Ese es mi carro, el azul del fondo, señalé. Le abrí la puerta, como todo un caballero, para que suba. Subí enseguida también, prendí el carro y arranqué. Cuando estábamos saliendo hacia Primavera le veía de reojo los senos, perfectos, con la caída exacta, el tamaño ideal. Casi no los recordaba porque cuando la conocí, me había pasado de copas. Me ponía a pensar en lo estúpido que sería chocar por estar viéndolos y, casi musitando, le pregunté hacia dónde podríamos ir. Qué tal si vamos a mi departamento –dijo- está a unas dos cuadras cruzando Primavera. Yendo para su casa imaginé como se verían desnudas aquel par de bellas protuberancias que salían de su cuerpecito tan delicado. Sonó una canción de los setentas en la radio del auto, comencé a cantar como un loco (es que la canción es muy buena) y entonces una vocecita, suave, limpia, tarareaba también la canción. Eso me hizo pensar mucho, era extraño que a una chica como ella le gustase Pink Floyd, que coincidencia ¿o es el destino? No supe.
Llegamos a la puerta de su departamento a las siete de la noche. No sé si para impresionarla o por dármelas de “muy”, en el camino quise tomar un atajo, pero nos perdimos. Nos salió el doble de camino y de gasolina. Ella reía de mi idiotez, me gustaba que lo hiciera. A menudo me gusta que se burlen de mí, debe ser la costumbre. Divagar por varias calles me sirvió para hablar un poco, para afianzar la situación, para… perdernos el miedo. Me preguntaba a mi mismo, mientras ella abría la puerta, qué encontraría adentro de aquel departamento. A penas la conocía y ya me había invitado a pasar. No quise pensar mal, pero me dio qué pensar. El departamento era pequeño, unos sillones marrones a la izquierda, junto a la ventana por donde veía el auto, casi al lado de la puerta un comedor chico para cuatro o cinco personas.
Nos sentamos, cada uno, en un sillón. Frente a frente. Me contaba que se había mudado recién. Sus papás se lo compraron y ella prefirió vivir sola que mal acompañada. Empecé a hablar, no sé si por temor o para no aburrirla. Aquel entonces, tocaba en una banda, estábamos a puertas de grabar un primero ‘demo’. Las sesiones de ensayo eran difíciles, teníamos que cuadrar toda la instrumentación, algunos arreglos, pero lo lograríamos en esos días, no quedaba mucho por hacer. Ella me escuchaba atenta, yo la miraba de frente y me perdía en la profundidad de sus ojos. De vez es cuando, cuando no se daba cuenta, le miraba los senos. Se paró a prender la radio y aproveché para ver qué tal estaba su potito, regularmente pienso que soy pervertido, ¿lo soy? En fin, era pequeño pero formadito, paradito. Saqué mi celular para ver la hora, porque yo no uso reloj, me incomoda la muñeca y se me queda marcada después, además que no tengo tiempo para comprarme uno. Eran las diez en punto. Empecé a aburrirme y creo que ella también, hasta que tocamos ese tema, el de los enamoramientos. ¿Será que nadie está nunca tranquilo con ese temita? Creo que yo sí. Claro, porque nunca me he tomado en serio a nadie. Pero no todos son así de mierdas, como yo. Se la notaba inquieta, quería contarme algo, y comenzó sin que la pausara.
-He dejado el ciclo.
-¿Por qué?
-Por un chico…
-¿Qué?
-Yo estuve con él hace un par de años, fue mi primer enamorado. Y creo que aún lo quiero o no sé, cuando lo veo, siento algo así como que incomodidad. Lo peor es que justo ahora me tocó estar en el mismo salón que él, imagínate. Lo conocí en el colegio, estuvimos, pero hubo algo que no funcionó, pues. Él me trataba como si fuera un objeto, como una cosa más que le pertenecía. Todo el día me llamaba, casi me sentía acosada. Aparte que es malo. Pero lo quise.
-¿Lo querías? O…
- No, no lo quiero, ahora no, ni loca. Pero no me gusta tenerlo a mi costado, o sea no soporto estar en el mismo salón que él, ni en el mismo lugar, ¡ni mirarlo!, no, es insoportable. No puedo.
- Entonces aún lo sigues queriendo, solo que te molesta sentir, a pesar de todo, que esté en tú vida diaria pero que ya no te haga caso, pues ¿No?
Ella comenzó a dejar de mirarme y se ofuscó, su mirada estaba sesgada por un ingrediente exagerado de vergüenza. Yo nunca me sentí presionado al opinar, solo incomodo, un poquito. Lo que dije estuvo fuerte. Un silencio pasó y nos dejó inmóviles. Bostecé mirándola. Eran diez para las doce.
-Es que él me ha hecho mucho daño, más del que te imaginas.
-¿Qué?
-Si, pasaron cosas, pues.
-¿Cosas muy malas?
-Si horribles.
Me paré y acerqué a la ventana para ver el carro. La abrí. ¿Hace calor no? No me respondió. Estaría pensando en aquellas cosas malas que el tipo ése le había hecho, o quizá aquel silencio significaba que ya tenía que irme. Tenía que saber qué era lo que había pasado. Siempre soy muy chismoso, me gusta, sobretodo, meterme en asuntos que no me incumben. Solo con ella no pude. Es verdad que no me sentí con la suficiente confianza, como para estar fisgoneando. Me senté. Al instante, sonó mi celular.
Entre lo que contestaba la llamada, se paró de repente y apoyó sus codos en el alfeizar de la ventana abierta, y doblaba su espalda exquisitamente alentándome ¿estaría coqueteando? La miré de pies a cabeza.
Al cielo, raramente, le colgaban algunas estrellas medio despintadas. Me paré a su lado, primero, como quien mira el carro otra vez. Después, coloqué mi brazo sobre su hombro, despacio, casi sin intención. No quise hacerle más preguntas ni forzarla a contar de esa, seguramente, mala experiencia porque podía mandarme por un tubo o por el ascensor hasta la calle. Aún carecía del derecho a hacerle preguntas, aunque sí el deber de responder todas las que ella hiciera. Lo bueno es que, como he aprendido hasta ahora, a cualquier situación –por mala que sea- hay que sacarle algo de bueno. Al principio, me dio una especie de terror acercarme así, sin conocerla tanto, podría pensar mal de mí. Pero qué importa, acaso tú no has pensado mal de ella, cabrón, me pregunté. Más que la valentía, en ese momento, tuve el brío de bajar suavecito el brazo, y como bordeando un abismo, bordeé su cintura hasta que mi mano tropezara con el inicio de su cadera. Volteó la mirada y desprendió de sí una sonrisa picaresca, como señal de comodidad o ¿complicidad? Poco a poco nos volvíamos uno solo, yo iba un poco para atrás y a la derecha y ella todo lo contrario, terminamos abrazados: mis manos sobre las suyas y las suyas sobre su vientre. Respiraba sumiso en sus oídos. Sentíamos, porque estoy seguro que ella sintió lo mismo, una impasibilidad casi cercana a la de la muerte.
-Oye, ya son las dos la mañana.
-¿Ya quieres que me vaya?
-No, no lo decía por eso. Quédate.
-¿Estas cómoda así?
-Si, eres confortable.
-Es raro, ¿no?
-¿Qué?
-Que hace unas horas, éramos casi dos desconocidos y…
-Si…
Cuidadosa, volvió la cabeza hacia mí.
Me besó.
Pero no fue un beso apasionado, fue un piquito diminuto, ínfimo, sino tierno. Volteó presurosa, quedamos frente a frente, sus ojos habían alcanzado un brillo procaz y me atrevo a decir que destilaban no precisamente inocencia. Otra vez el silencio, de una forma calida esta vez. Ya no era necesario hablar. Entonces, como es de esperarse de mí, cagué el momento y todo por culpa de mi maldita próstata traicionera que me obligó a ir al baño. No puedo creer que después, a los cuarenta y dos, haya muerto de cáncer a la nuevamente desleal y conspiradora próstata que ya andaba jodida desde joven. Fui al baño, entonces. Cuando regresé, la encontré sentada en el sillón grande a modo de espera. Ni pendejo, ni huevón, ni tímido; me senté a su lado. De frente, la abracé, ya sin miedo, el besito me ha dado la confianza. Mientras apoyaba su cabeza en mi pecho, respiraba el exquisito perfume de su cabello negro sedoso. Le besaba el cuello lentamente, detrás de las orejas. Se encogía de hombros, movía su cabeza de un lado a otro, con los ojos cerrados y la boca semiabierta. Lo hice cada vez más apasionado. Se empezó a agitar. Luego nos besábamos con furia y desenfreno ¿besábamos? Nos comíamos, cruzaba su lengua con la mía y sentía que se acomodaba encima de mí. Nos movíamos cada vez más, era sexo con ropa, sexo light, le dicen. Pero yo no estaba a dieta. Le cogía las nalgas con las dos manos, moldeándolas. Agitados, sobre el sillón, empezamos a quitarnos la ropa poco a poco pero apresurados. Le quite el polito blanco, luego el sostén, entonces, mi fantasía se hacía realidad, estaba viendo sus tetitas lindas, delicadas y sus pezones pequeños y finos. Los lamía y chupaba, me perdía en ellos, los mordía despacio y veía como ella se regocijaba. Se tomaba el pelo, con los ojos cerrados y la boca abierta. Nos quitamos todo. Desnudos sobre el sillón –ella sobre mí- irrumpí dentro de ella, nos enredábamos y movíamos con ardor, ella, con respiros acelerados, soltaba unos blandos gemidos. Estando adentro de ella, sentí como sus calidos fluidos me mojaban el pubis y terminé, terminamos. Estábamos echados –yo ido mirando el techo-, aún agitado con el corazón saliéndoseme. Era la dicha. Volvíase todo tan irreal o a la vez concupiscente. Ella descansaba su cabeza en mi pecho, yo respiraba cada vez menos sobre su frente.
-Él se aprovechó de que había estado tomando. Yo no quise. Al día siguiente, cuando me desperté, no sabía dónde estaba, y él ahí a mi lado… Pero el estúpido me cortó, nunca más llamó ni nada. Oye te estoy hablando ¿Qué te pasa?
-Nada, solo que hablas como si fuera algo del otro mundo. Qué escándalo haces, si es normal, pues.
-¿Qué? Entonces…
La decepcioné, es cierto. Pero era lo más franco que podía decirle, yo no quería nada serio con nadie, era lo mejor. Fijando sus ojos sobre mí, se fue yendo de mi lado. Estaba paradita apoyada contra la ventana, cruzando los brazos. La expresión que hallé en sus lindos ojos negros es indescriptible, una mezcla de miedo y furia contenidos, entremezclados, que no hacían más que amilanarme de forma letal. Sus gritos rompieron llenando toda la sala. Corrían unas lágrimas por su rostro, me sentía el más hijo de puta, el peor de los villanos que pudo haber. Volaban por el comedor mi polo, el pantalón, la billetera. Me paré y cogí todas mis cosas, disponía a hacer la retirada.
-¡Lárgate de mi casa, desgraciado!
-Puta madre qué histérica te pones, oye –Terminaba de ponerme el jean-.
-¡Auxilio!, Ayúdenme por favor.
Siguió vociferando y pidiendo ayuda. Yo quería terminar de cambiarme, pero me puse lento y confundido con sus gritos. Vinieron unos vecinos del tercer piso, una señora del costado y el guardia del edificio, tocaron la puerta. Si la encontraban desnuda y a mí cambiándome iban a pensar mal, muy mal. Terminé de cambiarme. Ella se tapaba o lo intentaba, con su polito. Abrí la puerta y, a las cinco y media de la madrugada, emprendí la marcha. No ha pasado nada solo hemos tenido una discusión, buenos días. Escuché que me llamaban, indiferente, no miré hacia atrás por maricón. Bajé por las escaleras rapidito no más, ella por la ventana me insultaba aún. Llegué a trancazos hasta el carro. Saque las llaves, nervioso, abrí la puerta. Me quedé unos segundos callado, mirando el asfalto mal iluminado por mis faros, no entendía nada. Confundido, encendí el auto y me fui.







6 comentarios:
mientras la leo . me da la sensacion de q uno mismo podría ser o estar en la historia..., creo q eso es común, aunq no soy de leer mucho ..., no sé como dar una critica, pero me gusta la historia..., x el hecho d q esta narrado como algo q podria pasar a cualquiera..., desde la actitud de los personajes y su entorno =) ...
"favio_S35@hotmail.com"
wou!, tengo muxas ideas en la cabeza!...mmm..me colgue!...aper!!..hay muxos puntos d vista!, [ la xica kizo encontrar afecto y no solo sexo!, en ese caso el pata reacciono mal mm o la cago como el mismo dice! ] chvre lanza!!!..la hicist linda!...saluos!
La historia me parece completamente improductiva, si es algo tan trivial, ¿A que fin llegamos?, ¿Sólo a saber cómo fue el potito de la flaca o las tetas o en fin el apareamiento?, ¿A tratar de entender la actitud del cabrón o la loca de la chica de cabello negro? en fin la lectura se hizo para enriquecernos.
....eres un imbecil y ensima pervertido.....pero asi se te kiere :P
la lectura es creativa y escribes de experiencias no de simples hechos "improductivos" y eso es lo que creo que tratas de expresar vas bien broder...no hagas caso a 22 de Junio..
Paja cri... eso te paso a ti??? jajaja... No me digas que Ricardo es tu alter ego jajaja... sigue Cri, sigue así... nos vemos... pasaré tu link, ojala me hagan caso y entren, sino que se jodan!
Woodstock 69
Paz y amor
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